8.5.14

Matanza en la Plaza Colón: Antofagasta, febrero de 1906. Los anarquistas y la organización obrera en estas tierras.

Por “Esprella”.

“Hacia las siete y diez, el cielo de Antofagasta fue incendiado por un infame baleo de tres minutos: los comerciantes bajaron los ojos de Cristo en la Iglesia, cambiando su gesto meloso por el ceño de las armas. Surgió una “Guardia de Orden” que, unida a los marinos del “Blanco Encalada”, permitió a la muerte devorar, tranquilamente, un espléndido racimo de corazones…”
(Andrés Sabella en Norte Grande).

Preámbulo:
Plaza Colón hacía 1900
Hace  108 años la Plaza Colón y las calles céntricas antofagastinas se tiñeron de sangre. Centenares de obreros se congregaron en la Huelga General, y enfrente no encontraron más respuesta que las carabinas civiles y militares, ambas defensoras de los intereses de la oligarquía. Lo que exigían, por esas coincidencias de la historia, era media hora más para colación, ya que el tiempo con el que contaban se les hacía insuficiente y sus atrasos eran reprendidos por la patronal. 
No fue la primera vez que el movimiento obrero enfrentó una cruenta represión, unos años atrás había sido  Valparaíso (1903) y Santiago (1905). Tampoco sería la última, más tarde vendrían Iquique (1907), Magallanes (1920), San Gregorio (1921), Ránquil (1934), entre tantas otras más. Sin ir más lejos, en 1890 el Norte Grande, como lo llamó el poeta, ya había sido testigo del carácter fratricida del ejército chileno. La “huelga grande”, primera de carácter general en el país, se extendió desde Tarapacá hasta Valparaíso, concitando la adhesión de los más diversos gremios; carpinteros, sastres, ebanistas, zapateros, ferroviarios, tipógrafos, entre otros, acudieron al llamado. Fue esta una demostración del incipiente movimiento, el que en su regeneración, avanzaba a formas de organización más políticas e ideológicas, las que décadas más tarde le permitirían levantar importantes reivindicaciones huelguísticas. Veamos este proceso en tierras antofagastinas.

La “Cuestión Social” y las asociatividad obrera en Antofagasta.
Primeramente contextualicemos la situación social, económica y política del país en ese entonces. Se vivía en aquellos años la llamada “Cuestión Social”, época marcada por abismales contradicciones entre el capital y el trabajo, las que se traducían en condiciones miserables de vida para la clase obrera, mientras que la  oligarquía disfrutaba imitando la vida europea. Los sectores populares debieron enfrentar las escasas condiciones higiénicas, el hambre y el hacinamiento, además de altas tasas de mortandad infantil, el trabajo a temprana edad y la incerteza de saber si volvería con vida de la jornada laboral, dejando a familias enteras sin un sustento.
Contrastaba esto con el pujante desarrollo industrial del país, principalmente del sector minero en la zona norte; donde las guaneras, el salitre y el caliche atrajeron rápidamente la inversión extranjera. Con la llegada del capital foráneo se desplegó una amplia red para el procesamiento y flujo de las mercancías, la  que se materializó en la construcción de oficinas en la pampa, líneas ferroviarias, maestranzas, fundiciones, puertos y en una rápida urbanización de las localidades, las que fueron pobladas por los “enganchados” y sus familias, quienes llegaban con la ilusión de un mejor porvenir en estas tierras.
Sin embargo la realidad fue distinta, y los obreros en el norte debieron enfrentar precarias condiciones laborales, así como constantes abusos de las Compañías, lo que sumado a las paupérrimas condiciones de vida fueron repercutiendo en una serie de enfrentamientos entre trabajadores y patrones, y a su vez en formas cada vez más solidas de organización sindical entre los oprimidos. Entre las primeras organizaciones que se desplegaron, encontramos las “Sociedades de Socorro Mutuos”,  cuya finalidad consistía básicamente en el auxilio económico de sus afiliados en casos de accidentes laborales, enfermedad o viudez.  Entre las más destacadas en Antofagasta figuraron las Sociedad de Igualdad y Protección Mutua de Carpinteros  fundada en 1893, la Gran Unión Marítima (1894), la de Panaderos (1896) la de Tipógrafos  (1897), la de Cocheros (1899) y finalmente la de Lancheros (1900).
Con el despuntar del nuevo siglo, estas formas de asociatividad adquirieron un mayor contenido ideológico, transformándose en Mancomunales y Sociedades de Resistencia. Este proceso estuvo ampliamente influenciado por el arribo y auge de las ideas revolucionarias, principalmente el socialismo y el anarquismo. De esta forma, el movimiento obrero antofagastino adquirió un carácter más combativo que le permitió obtener mejoras económicas, las que se consiguieron en gran parte por  la utilización de la acción directa y la huelga general, tácticas promovidas por los ácratas. En este periodo, el historiador local Floreal Recabarren identifica más de un centenar de conflictos reivindicativos, destacando entre ellos el de marítimos durante 1903 y las huelgas ferroviarias del año siguiente.  Es en estos años de radicalización en que surge la Mancomunal de Obreros de Antofagasta (1903), la que años más tarde protagonizaría la trágica huelga de 1906, la que como señaló El Hambriento, vocero ácrata limeño, “inscribió el nombre de Antofagasta en el movimiento obrero mundial, junto a los mártires de Chicago”.

La  Mancomunal de Obreros de Antofagasta y los anarquistas.
Fundada el año 1903, siguiendo el ejemplo de los obreros de Iquique (1900) y Tocopilla (1902), aglutinó distintas tendencias políticas, en su mayoría demócratas, socialistas y anarquistas. Su primer directorio estuvo conformado por Anacleto Solorza, Antonio Cornejo e Ismael Muñoz.  Adoptó como vocero escrito el existente “El Marítimo”, a través del cual promovió la  organización de los trabajadores, provocando así un evidente aumento de la actividad huelguística en el Departamento de Antofagasta.
Respecto a las primeras evidencias de presencia libertaria entre sus filas, encontramos los artículos publicados en “El Marítimo” por I. Pellegrini Lombardozzi, conocido agitador ácrata de la zona central del país, además de las constantes comunicaciones con el periódico La Luz, de un marcado anarquismo. A pesar de estos testimonios, durante sus primeros años predominó la tendencia demócrata, la que era impulsada principalmente por dirigentes que provenían de la Gran Unión Marítima y otras Sociedades de corte mutualista.
Sin embargo, con el paso de los años, la tendencia anárquica fue en aumento en su seno, lo que se hizo más latente en 1905 cuándo Manuel E. Aguirre, ácrata local, se convirtió en secretario general de la Mancomunal y redactor de “El Marítimo”.  A este hecho debemos sumarle el arribo de agitadores provenientes de Santiago y Valparaíso, entre ellos Alejandro Escobar y Carvallo, Marcos Yáñez, Clodomiro Maturana, Casimiro Fuentes, Luis. González y Adrian Chiavegatto, los que junto a Aguirre conformaron el sector libertario en la Mancomunal.
La presencia de estos fue evidente, el accionar de la organización se orientó a promover la huelga general y la táctica de la acción directa. Por otra parte las páginas de su periódico se revistieron de la polémica entre ácratas y Recabarren, quien replicaba desde el medio demócrata “La Vanguardia”. Otro hecho que evidencia la participación anárquica, fue la derogación de los Estatutos de la Mancomunal en enero de 1906.

Cliché de El Marítimo, órgano de la Mancomunal de Antofagasta
Huelga de 1906, Matanza en la Plaza Colón.
A mediados de enero de 1906 comenzaron a formarse distintas Sociedades de Resistencia en la ciudad, entre ellas la de Caldereros. Junto con esta transformación del movimiento obrero, comenzó a circular una solicitud, en la que los obreros exigían media hora más de colación, ya que debido a lo retirado en que vivían no alcanzaban a llegar a tiempo en la jornada de la tarde, quedando expuesto a castigos por parte de las empresas. Gran parte del comercio aceptó la medida, a excepción de los administradores del Ferrocarril, los que hicieron sentir su intransigencia inglesa.
Con el correr de los días, el 29 de enero, la huelga se convirtió en general, contando con el apoyo de marítimos, ferroviarios, salitreros, operarios de las fundiciones y diversos gremios de la pampa. En esta reunión se conformó un comité huelguístico, el que quedó integrado por Vicente Díaz, Casimiro Fuentes y el asesoramiento de Escobar y Carvallo.
Este grupo de obreros se reunió el día 1 de febrero con Mapleton Hoskins, administrador del Ferrocarril, sin embargo este no los reconoció como negociadores válidos, al no pertenecer a la empresa. Al día siguiente, un nuevo delegado visitó las inmediaciones y Hoskins propuso aceptar una media hora más de colación, a cambio de añadir semejante tiempo a la jornada de la tarde, medida que fue desestimada por los obreros quienes continuaron la huelga.
Días más tarde, se redactó una nueva circular y se sumaron más gremios a la paralización,  además se convocó a un mitin obrero para el día 6 en la Plaza Colón, lo que tensionó aún más las cosas. La burguesía, alarmada por la defensa de sus propiedades y capitales, organizó la Guardia Civil al alero del Club de la Unión. Esta se conformó por hijos de comerciantes, en su mayoría españoles, los que solicitaron armas y autorización al Intendente Daniel Santelices. Pero la labor represiva de este no se quedó ahí, también solicitó la intervención del “Regimiento Esmeralda”, y del crucero “Blanco Encalada”, el que por esos días se encontraba en costas antofagastinas.
Ese día la multitud obrera se manifestó desde temprano volcándose a las calles e invitando a la concentración de la tarde, programada para las 16hrs. También hubo acciones en contra del Ferrocarril, al que se le destrozó uno de sus relojes.  Una vez congregados en la Plaza Colón, comenzaron los acalorados discursos de los oradores. Mientras tanto ,las fuerzas de orden se apostaron en distintos puntos estratégicos; la mayor parte del contingente (120 hombres y una ametralladora según Silva Lezaeta) en las dependencias de Ferrocarril, por un costado de la Plaza apareció la Guardia Civil y por enfrente las tropas del “Esmeralda” y el “Blanco Encalada” dejando literalmente encerrado a los manifestantes.
Una de las versiones, señala que los disparos comenzaron por parte de un español integrante de la Guardia, el que habría respondido a la provocación del anarquista español Pedrín Torrales. Lo cierto es que sea por este motivo u otro, en cosa de minutos  las balas inundaron la plaza en todas las direcciones, dejando un saldo que fluctúa entre 50 y 300 obreros fallecidos, el que es difícil conocer en exactitud debido a la fiabilidad y escases de las fuentes con las que se cuentan.  Además, al día de hoy, existen escasos registros de las defunciones, y el cementerio tan solo se conserva unos pocos sepulcros, entre ellos, el del demócrata, carpintero y dirigente ferroviario Pedro Banda.

Tumba del dirigente demócrata Pedro Banda
Caída y repunte del movimiento obrero local.
Al día siguiente, los ánimos enardecidos de los obreros y las ansías por vengar a sus caídos los volcaron nuevamente a las calles, lo que dio origen a variados disturbios. En calle Prat, un grupo de ellos creyó reconocer a uno de los responsables de la masacre, y dio muerte a pedradas y pateaduras a Richard Rogers, trabajador de English Lomas Company. Luego se incendiaron las dependencias de la tienda “La Chupaya”, de dueños españoles. Estas llamas se extendieron por calle Angamos (actual Matta) casi toda la cuadra, alcanzando las dependencias del periódico “El Industrial”, decano de la prensa local. También se dieron vuelta vagones del ferrocarril y se arrancaron más de 100 metros de rieles.
Tienda "La Chupaya" siniestrada el 7 de feb. 1906
En cuanto a las reacciones por parte de la empresa, debemos considerar el actuar de Harry Usher, quien en su calidad de superior, fustigó al intendente a declararse incompetente ante los sucesos, solicitando apoyo al gobierno británico, y pretendiendo darle ribetes internacionales al asunto.  Luego de un tiempo la agitación fue aminorando, y se nombró una comisión arbitral la que quedó compuesta por el Vicario Luis Silva Lezaeta, el Alcalde Ismael Soto y el escritor Pedro Pablo Figueroa. Sin embargo a pesar de la sangre vertida, la negativa de los capitalistas se logró imponer.
Fue ese 7 de febrero uno de los últimos respiros de la agitada huelga, así como también de la presencia anárquica en la Mancomunal, organización que después de los hechos disminuyó considerablemente debido a la salida del elemento libertario, como se demuestra en “El Marítimo”, que al año siguiente se convertiría en “Libertad Social”, de marcado talante democrático.
A muchos de estos agitadores los encontramos al año siguiente en la Matanza de la Escuela de Santa María, como el caso de Manuel E. Aguirre quien más tarde volvería a estas tierras, siendo uno de los que impulsores del Centro Instructivo de Obreros Luz y Vida, que editaría durante 4 años el periódico del mismo nombre. Pero esa ya es otra historia, también olvidada por la memoria antofagastina.


Algunas referencias:
  • Anarquismo y movimiento mancomunal en Antofagasta: A 100 años de la matanza obrera en la Plaza Colón, febrero de 1906. (Javier Mercado)
  • El Movimiento Obrero y popular en la región. (Héctor Ardiles).
  • La huelga de 1906 en Antofagasta. Una manifestación social de crisis del estado oligárquico. (Patricio Castillo).
  • Los Anarquistas y el movimiento obrero. La alborada de 'la Idea' en Chile, 1893-1915. (Sergio Grez).
  • Luis Silva Lezaeta y la huelga de 1906 en Antofagasta. Hacia un estudio sobre la iglesia y los conflictos sociales. (José González).
  • Organizaciones obreras, conciencia de clase y politización popular en Antofagasta. (Javier Mercado).
  • Memorias. (Alejandro Escobar y Carvallo). Revista Mapocho n°58, pp. 351- 419. 

Periódicos: El Marítimo (Antofagasta), La Voz del Obrero (Taltal), Pensamiento Obrero (Pozo Almonte), El Mercurio de Santiago, El Hambriento (Lima, Perú).

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